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Si te pegan, tú pega

Si te pegan, tú pega  Suelo escuchar con demasiada frecuencia, entre padres y madres, esta frase: “yo siempre le digo que no se deje pegar que si alguien le pega que le pegue, hay que defenderse”. Una frase tan comúnmente extendida es necesario ponerle freno porque con esta manera de enseñar a los niños solo les estamos diciendo “permito que pegues” o “te permito que pegues pero solo si te pegan primero”. Démonos cuenta que cuando se utilizan estas frases son con niños de infantil o niños de primer ciclo de primaria, en estos casos los niños solo asimilan que sus padres les dejan pegar, el “solo” no es una barrera para ellos, porque no entienden que en unas situaciones si puedo pegar y en otras no. Los niños/as no entienden de matices en lo que a conducta violenta se refiere. No llegan a discriminar que la conducta violenta sólo es aceptable en muy contados casos y circunstancias muy determinadas. No se puede enseñar a un niño/a a ser “solo un poquito violento”, ya que los matices son muy sutiles para que la mente infantil pueda asimilarlos.

En el entorno del niño, en el colegio, el parque, en reuniones familiares… existen muchas situaciones donde aparecen estos comportamientos: nuestro hijo pega cuando un amiguito le quita un juguete; o le pega a él un compañero de clase porque quiere sus pinturas y no se las deja… Saber reaccionar ante ello es responsabilidad de los padres y educadores para erradicar y frenar este tipo de comportamientos.

Los padres se equivocan cuando creen que pueden enseñar a su hijo a “defenderse” sin enseñar a la vez a atacar sin provocación. Los niños, al igual que el resto de personas, generalizan el aprendizaje. No puedo esperar que un niño entrenado en la autodefensa agresiva, sólo utilice el comportamiento agresivo para defenderse. Cuando se sienta amenazado utilizará un comportamiento agresivo, sea o no atacado directamente. Los niños/as generalizan y es un efecto a tener en cuenta.

Cuando un padre le dice a su hijo que sólo debe pegar a los compañeros que le ataquen, en realidad le envía el mensaje de que es correcto ser agresivo y violento.

Esta evidencia nos confirma que los límites del aprendizaje de violencia con frecuencia son muy laxos y difusos. No se puede enseñar que sólo la defensa ante un ataque está justificada.

Bandura y Waters (1959) entrevistaron a los padres y madres de 52 niños en California Central con el fin de estudiar el origen de la violencia adolescente. Entre otras cosas, preguntaban a las madres y padres si alguna vez habían animado a sus hijos a pelear o los habían instruido en este sentido. Descubrieron que en muchos casos, sobre todo en el caso de los niños más violentos, los padres no sólo habían aconsejado a los niños que se “defendieran de las amenazas utilizando la violencia” sino que en algunos casos también obligaban bajo coacciones y amenazas a que lo hicieran. Los padres enseñaban a sus hijos mayoritariamente el razonamiento de “agresión por agresión” e incluso el concepto de “agresión preventiva”, con la esperanza de que de esta forma sus hijos fueran respetados.

Bandura concluyó que, de esta forma los niños solo aprendían el concepto de Dominancia-Sumisión, o dicho de otra forma, la violencia es positiva porque con ella, siempre que sea posible ejercerla, eres más respetado.

Queda claro cuál es la responsabilidad del educador: enseñar a los alumnos a poder practicar formas positivas de reparar y de evitar alimentar la espiral de violencia.

Podemos enseñar formas, que también forman parte de nuestra especie, para poder convivir pacíficamente, enseñando alternativas a la agresividad: mediante la adquisición de habilidades sociales en los niños y niñas. De forma muy resumida, estas habilidades prosociales para la vida son:

–          Expresar mis sentimientos, enseñar a los niños a expresar los sentimientos que tienen. Por ejemplo: “no me gusta que me quites mi lápiz, pídemelo”, “me duele que me tires del brazo, di lo que quieres”,…

–          Entender los sentimientos de los demás.

–          Pedir y solicitar objetos que no son nuestros.

–          Aceptar que a veces no nos dejen ciertos objetos aunque se hayan pedido amablemente.

–          Buscar soluciones para atajar un problema: si ambos quieren el mismo juguete, la misma silla,…

Pero nunca enseñar a un niño a devolver la agresión, pues es abandonarle a la ley del más fuerte e iniciarle en la violencia.

Puedes ampliar mucho más de las habilidades prosociales en el curso “Trabajar las habilidades sociales para prevenir la violencia”.

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